sábado, 5 de diciembre de 2009

Hainuwele, de Chantal Maillard


Hainuwele y otros poemas es una amplia antología de los poemas escritos por Chantal Maillard entre 1987 y 1999 y condensa lo más destacado de su producción poética anterior a Matar a Platón. Hainuwele aparece completo y sin retoques, tal como se compuso tras un viaje a la India en 1988. Es la historia de una relación entre una joven de un poblado, que a la vez es una diosa aunque ella lo ignore, y un dios antiguo, informe, proteico, omnisciente: el Señor de los Bosques, cuya presencia insondable y omnipresente se confunde con el propio bosque. El bosque y sus animales son uno y constituyen otro principal personaje (mejor: presencia) del libro. Incluso el Señor o Espíritu de los bosques se confunde con el propio bosque, porque alienta en todas las cosas. Hainuwele también es bosque porque a pesar de ser humana, su naturaleza es líquida, metamórfica: se disuelve como una sombra que trepa hasta los árboles y anida en las plumas de las aves, es capaz de habitar la piel que mudan las serpientes y proyectarse, entera, en el crujir de la hojarasca. Tan pronto se transforma en el sonido de una "alimaña" en celo como en el reflejo del agua sobre el estanque o en las pezuñas dibujadas en el cieno. Sus continuas transformaciones y "aquietamientos" conforman el lenguaje con que dialoga con el espíritu del bosque (para "a-cercarse", para romper los cercos del lenguaje, como se insinúa en Filosofía en los días críticos); la realidad es magmática, dúctil, porosa: el bosque vibra y cambia a cada momento, en un éxtasis vertiginoso que reconcilia tiempo y eternidad, caída y fuego detenido. La realidad, como en las cosmogonías indias, está configurada por la vibración: es la vibración, y no la solidez, la que se erige en ontos de ese mundo en mutación perpetua: “Si me preguntan quién soy respondo:/ Vibro a mayor velocidad que un árbol”.



Hainuwele es una recreación libre de un mito polinesio que es a un tiempo una representación “excéntrica” de la unión mística y una denuncia ecologista, un grito velado por un mundo que, como dice la autora, “no sabemos proteger lo suficiente”. Una honda reflexión, también, sobre la animalidad: Hainuwele lame la sangre de los cachorros de una hembra de puma y defiende con fiereza la rueda de los cambios. Como la propia autora señala en la introducción:
“Hay en el animal una inocencia que se me antoja camino de vuelta al origen. Anterior al juicio que distingue y sopesa, le procura al gesto la precisión que la razón le niega cuando se activa en los territorios que no le pertenecen. Y cuánto esfuerzo le cuesta lograr un “acierto” donde, sin ella por guía, habría certeza. El ser humano “desarrollado” se enorgullece de los logros de su inteligencia, pero cuán torpe es, cuán pobre y desasistido cuando pretende comportarse de acuerdo con la naturaleza. Yo aprendo de un animal todo aquello que mi voluntad traba. Y aprendo, también, mi desgracia, mi inferioridad y mi condición de extraña en este mundo que no sabemos proteger lo suficiente. Contemplo, voy hacia ellas, hacia las bestias, me “abestio”, je m’abêtis, como sugería Montaigne. Aunque para el hombre enaltecido s’abêtir (“idiotizarse” sería la traducción de la palabra en su uso común) es rebajarse, volver al estado de salvajismo en el que, según sus teorías, estábamos al principio y en el que la carencia de leyes nos llevarían a matarnos unos a otros “sin razón”. Olvidan que las reglas que acorde a razones han de darse los seres humanos para convivir sin daños no son en absoluto necesarias en el reino animal. La acción de un animal, que nunca opera contra el bien de todos, no se diferencia de la ley natural. La inocencia de las bestias, la aceptación incondicional por parte de cada una del lugar que ocupa en la cadena y la asunción, por otra parte, de ese ejercicio de crueldad que es, para cualquier buen entendimiento, un mundo organizado sobre el hambre en una rueda sin fin de resistencia, miedo, dolor y muerte, es para mí algo más que una lección de humildad. Chuang tsé, cuya sabiduría era grande, refiere este consejo, que daba el Señor del Mar del Norte al Conde de los Ríos: “Procura que lo humano no destruya lo Celestial en ti; procura que lo intencional no destruya lo necesario”. Para conseguirlo, para conservar lo necesario se ejercitaban los taoístas en la espontaneidad. El recogimiento (no-mente) antes de lanzar la flecha o trazar la línea con el pincel, la “détente du tigre”, como decía Michaux aludiendo al gesto certero del tigre que salta sobre su presa, pero también la conciencia del gesto cotidiano, esos gestos que realizamos sin necesidad de que el pensamiento los anticipe. No creo equivocarme al pensar que también a ello aludían Hui-Neng y otros maestros del budismo chan cuando hablaban de la necesidad de hallar el “rostro original”. Lo celestial, el rostro original, no es otra cosa, a mi entender, que la sabiduría de las bestias".


Los “otros poemas” pertenecen a los libros Poemas a mi muerte, Conjuros, Lógica borrosa, Filosofía en los días críticos y Diario de Benarés. Dan cuenta de las sucesivas inflexiones de una voz que explora los márgenes de la expresión, las fisuras del sentido, en busca de una grieta desde la que proyectarse con toda plenitud. El discurso fluido de Hainuwele y Poemas a mi muerte da paso a la indagación psicológica de Conjuros, a la lúcida y despiadada exploración de la senti-mentalidad de Lógica borrosa (“Estoy creciendo de la nada”) y a la ruptura final de las estructuras sintácticas y epistemológicas convencionales, en el largo poema “Conmigo”, que prefigura las posteriores aventuras de Husos e Hilos. Como la autora señala en el prólogo, la observación de los procesos mentales acaba convirtiéndose en el centro de una obra en curso: el poema “Sin embargo” sería un primer ejemplo de esa voluntad indagadora de los pliegues que nos conforman y que posteriormente se decantará en las sucesivas entregas de diarios y poemarios en un extenso y fascinante tapiz que va urdiendo una de las obras más singulares, arriesgadas y poderosas del actual panorama de la literatura en nuestra lengua.

El libro viene acompañado con un CD que incluye la lectura íntegra de Hainuwele y una selección de los otros poemas. Un CD para escuchar con los ojos cerrados, para dejarse penetrar por una voz convulsa y acariciadora, sucesivamente demorada y atenta a los matices, a los mínimos pliegues de la materia verbal que trabaja como si de un alfarero se tratara. Voz al acecho, también, voz-animal alerta ante los encuentros, los peligros, las inminencias que se dan en el bosque del lenguaje.

El muérdago se enreda en mis tobillos,
helechos y agavanzas me ciñen las caderas
y un nenúfar
se deshoja en el valle dócil
de mis nalgas.
Sobre la tierra húmeda me acuesto como un ojo que se cierra
(tienen mis muslos el sabor del humus en otoño)
y me hago raíz,
vegetal crisálida
aguardando la aurora.
Sobre mis labios quietos
lentamente
desova una culebra.

LA OFRENDA
Poner un marco a la ofensa.
Bajo la herida, un cuenco.

Recoger
la sangre y bebérsela frente al cuadro.
Como ofrenda.
Por los actos el yo
busca afianzarse.
Por los actos el yo es ofendido.
Por los actos el daño. Por los actos
el conocimiento.
Nada de lo que se hace a ciegas es
inútil para ver.